Cuentos
 
 
El Inmortal
 

Es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar. Este parecía ser el caso de Martín “el etíope” Salazar, que nada tenía de etíope pero sabemos que muchas veces los sobrenombres no responden a un por qué evidente. Su compañero de banco en la primaria había leído eso de los monos y como Martín era bastante callado, obtuvo el sobrenombre. Martín era uruguayo mulato y medía dos metros a los 15 años de edad. Nunca asoció esas dos características con su mote. Después de un tiempo, él mismo se autodenominaba “el etíope”. Era cierto que no hablaba, sólo emitía palabras mientras jugaba, pero éstas no tenían una intención comunicacional, sino más bien eran de reforzamiento de sus jugadas. Se le escuchaba decir: “el etíope agarró el rebote”, “doble del etíope”, “el etíope está cansado”. Pero cada vez que el entrenador se dirigía a él hacía que no entendía y jamás respondió a una interpelación de su parte, de tal manera que era imposible meterlo en el sistema de juego.

Las aguas estaban divididas en el plantel entre si Martín se mandaba la parte o realmente tenía una debilidad mental o algo parecido. Como era tal su influencia en la categoría, era impensado no ponerlo 35 minutos en cancha para que desbordara a los rivales con su brutal presencia. El etíope simplemente pasaba por arriba a sus marcadores, lastimaba los dedos que lo golpeaban de los que iban a doblarle la marca y asustaba a propios y adversarios con sus relatos (“el etíope quiere matar” se lo escuchó decir una vez).

Dante Centeno, el alero tirador que se sentía perjudicado con la atención que se llevaba Martín era el único que lo trataba como si no tuviese esa particularidad, era algo así como Jack Nicholson hablándole al Jefe en Atrapados sin salida.

A Martín le gustaba mucho jugar al básquet, y entendía el juego muy bien, a veces por ejemplo cuando se desmarcaba, por esa tara que se había inventado de que no podía gritar y pedir la pelota, quedaba a merced de la astucia de los otros para que se la pasaran, así que los últimos días había estado pensando en reconsiderar su postura de no hablar, al menos podría empezar con Dante.

Aquella tarde en el entrenamiento iba a poner en práctica eso de emisor y receptor. Llegó tarde como siempre. Mientras sus compañeros hacían la entrada en calor él se vendaba los tobillos y giraba sus brazos como si fuese un gran molino negro comenzando su jornada de trabajo. El entrenador se acercó y amablemente le pidió que se sumara a sus compañeros. Martín, que había decidido abandonar su mutismo, ignoró por completo el pedido del técnico y siguió atándose sus zapatillas, ajustándose su pelo mota, ya tenía decidido dar la sorpresa, hablar y saludar a sus compañeros.

Siguió como un ventilador humano poniendo en funcionamiento sus brazos y se acercó hasta la mitad de cancha para hacer el ritual del cambio de jugadores ya que sus compañeros estaban jugando un mitad de cancha. Se sentó un rato apoyado contra la mesa de control y cuando hubo una interrupción se paró y gritó que quería entrar, pero para su asombro no emitió ningún sonido. Volvió a intentarlo y nada. Pudo toser, se limpió la garganta, intentó hablar pero fue en vano. Se tocó la garganta y sintió que algo le faltaba. Alzó su cabeza y miró hacia la otra mitad de la cancha donde animadamente Dante remplazaba los cordones de sus zapatillas con unas familiares cuerdas ensangrentadas.

 

Lisandro Capdevila

 
Mercado
Liga Nacional
Pases
TNA
 
 
 
 
 
   
info@generaciondorada.com
www.generaciondorada.com

 
Copyright © 2009
Todos los derechos reservados
 
54 9 221 (15) 554-6744
54 9 221 (15) 561-5981