Hacía una semana que a Hugo Freydoz se le hacía cada vez más difícil salir de su casa. Comenzó con un signo apenas perceptible que notó la mañana del lunes al salir para entrenar al equipo. Estaba sacando el auto del garage, su codo derecho apoyado sobre el asiento del acompañante, miraba hacia atrás y hacia el retrovisor alternativamente cuando vio otros ojos que no eran los suyos en el espejo. En aquel momento no le dio mayor importancia y lo atribuyó al sopor matinal.
La mañana del martes mientras depositaba el auto en la calle, notó que el portero del edificio de junto lo miraba con recelo. Aquella mañana los jugadores estuvieron particularmente torpes y desobedecieron indicaciones de ejercicios. Incluso el base suplente había faltado sin aviso así que él mismo tuvo que llevar la base de uno de los dos equipos en el mini partido de entrenamiento.
El miércoles ya estaba prevenido. Hizo que su mujer sacara el auto, él supervisaría todo desde la vereda. Aquella mañana fue un perro misterioso el que lo inquietó, su mirada y sus bigotes le hacían recordar al viejo Páez, su primer y aterrador entrenador.
Se acercaban los playoffs de la liga y la presión aumentaba. La campaña del equipo en la fase regular había superado ampliamente las expectativas. El jueves se había tomado un taxi al entrenamiento, ya no podía confiar en su mujer. Aquella práctica la dirigió desde la tribuna ya que las líneas del costado de la cancha parecían moverse cuando él estaba a punto de entrar. Su ayudante de campo, cuya madre tiraba las cartas y era devota del Gauchito Gil, sugirió la posibilidad de que estuviese muerto, pero Hugo había ido dos años a la facultad y unos pocos textos de Epistemología lo habían alejado del oscurantismo y acercado a la fe en la ciencia.
El viernes abrió la puerta de su casa y supo que no podía salir. Dejó su bolso sobre la mesa de la cocina y se volvió a meter en la cama. Ese día su mujer se había ido antes que él de la casa. El celular sonó incesantemente toda la mañana pero no lo atendió. Miró televisión y cada tanto se acercaba a la ventana para ver si estaban el portero o el perro merodeando.
El partido que abría la serie era el sábado a la noche y como particularidad tendría transmisión televisiva nacional. Aquella mañana ni siquiera se levantó. Notó que su mujer no había regresado ni a la casa ni a la cama. Aún vestido con la ropa deportiva del día anterior, esperaba resignado sentado al borde de la cama –como un condenado en el patíbulo- ver que harían sus jugadores.
Recordó golpes a su puerta pero no pudo distinguir si los había soñado o inventado. Mientras los comentaristas hacían el copete tradicional de apertura del evento, la gente se acomodaba en las tribunas, los jugadores entraban en calor, y allá atrás, frente al banco de suplentes, vestido con su equipo de gimnasia y pizarra bajo el brazo, Hugo clavaba la mirada sobre Hugo.
Lisandro Capdevila
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