Cuentos
 
 
Trenza Bigote
 

Juan tenía 15 años y un profuso bigote. Era el héroe de las mujeres y el hazmerreír entre los varones. Juan iba al entrenamiento vestido con un pequeño traje, pañuelo de seda al cuello, zapatos y cuando llovía, un paraguas Paco Rabanne. Su familia era parte de la aristocracia local, su padre era Juez de la Corte Suprema de la provincia y su madre había sido su amante hasta que sellaron su pacto ante la ley.

La Asociación Complutense de Ostende (ACO) estaba ubicada en el medio de la ciudad, equidistante entre los barrios populares y la muy pequeña burguesía local, donde Juan vivía. Su hermano mayor, Hugo, había sido un discreto jugador de básquet, que lo había introducido en el deporte. Juan, a sus 12 años ya tenía una talla muy por encima de la media para su edad, orillando los 2 metros y los 80 kilos. El traje con el que se presentaba a entrenar le quedaba pintado al cuerpo.

Su gran talla lo ubicaba dentro de los máximos taponadores de su categoría (a los bases) y su perfomance era más que aceptable en las dos mayores en las que jugaba. En el ambiente era conocido como “el fino” Marquez, no sólo por su apariencia sino por su renuencia a jugar en el poste bajo (el lugar natural de los grandotes) y trabarse en la lucha que allí se libra. Juan insistía en que lo suyo era llevar la base y el tiro a 5 metros con jump stop.

Todo lo que tenía de sutil fuera de la cancha, no lo tenía dentro. Sus movimientos eran los de un adolescente que aún no podía controlar su cuerpo. Sus acciones de juego estaban signadas por una marcada bestialidad. Los pases eran furiosos, la pelota llegaba hasta el pecho de su compañero, sus decisiones imprevisibles.

Aquella tarde iban a implementar por primera vez la jugada “trenza-bigote”, donde él, el escolta y el alero ocupando los 3 callejones de la cancha se entrelazarían pasando uno por detrás del otro mientras los dos internos realizarían las sendas cortinas para liberar el paso. Se sabe que es una jugada básica del juego, pero en aquel pueblo todo llegaba con demora.

El pivot bajó el rebote, se la dio a Juan, éste se tocó el bigote indicando la jugada.  Esperó que los internos llegaran a sus posiciones. El escolta y el alero iban detrás de él, ansiosos como la primera vez que deslizaron una mano por debajo de la remera de una chica.

Juan tenía una gran virtud, que era llevar al extremo la independencia de movimientos de sus ojos, por ejemplo podía realizar el movimiento inverso a ponerse bizco. De esta manera pudo ver a sus compañeros cruzándose por detrás suyo y fallar en la jugada. Nada había salido como lo habían planeado. Volvió a tocarse el bigote, todos volvieron a la posición de largada. El reloj corría y la jugada volvió a fallar. Juan se sintió mareado y todo se le puso negro. Pidió tiempo muerto. Caminando con la cabeza apuntando al piso como quien mira para no pisar las líneas de las baldosas, llegó al banco de suplentes, levantó la cabeza y escuchó el grito de sorpresa y horror de sus compañeros. Su bigote había quedado en segundo plano, sus ojos totalmente en blanco llamaban más la atención, como aquel que se libra de su marca en una cortina y encara solo al aro.

 


Lisandro Capdevila

 
Mercado
Liga Nacional
Pases
TNA
 
 
 
 
 
   
info@generaciondorada.com
www.generaciondorada.com

 
Copyright © 2009
Todos los derechos reservados
 
54 9 221 (15) 554-6744
54 9 221 (15) 561-5981