Mariano Repetto pasaba la recta final de su carrera calentando el banco de suplentes. Su último minuto había sido dos meses atrás. El contacto con la pelota había quedado reservado para los entrenamientos y la entrada en calor. A sus 42 años, y siendo más viejo que su entrenador, Mariano gozaba de la dudosa reputación de ser un eximio tirador de larga distancia pero muy débil en el resto de las facetas del juego. Mariano había construido su decente carrera en base a sus excelentes porcentajes de tiro de tres puntos. Luego, era un pésimo tirador de libres y había pisado la zona pintada dos o tres veces en su carrera. Su gran eficacia era producto de una singularísima mecánica de tiro. Mariano llevaba la pelota a la altura de su hombro derecho, totalmente corrido del eje de su cuerpo. Iba en contra de todos los manuales de técnica de lanzamiento y por ende también de la estética.
En las categorías formativas habían intentado corregirle el tiro con métodos que bordeaban el derecho penal. Mariano, consciente de los déficits de su mecánica, tuvo que compensarla de alguna manera para no ser tapado una de cada dos veces que intentaba su tiro, y la manera fue muy sencilla: se hizo dueño de una asombrosa velocidad. Sacaba el tiro más rápido que ningún otro jugador de la Liga. A sus 42 años todavía ostentaba ese record, pero las otras facetas del juego habían involucionado tanto que era lógico que no jugara.
Aquella tarde se disputaba el sexto partido de la semifinal de la Liga. El equipo se mostraba impreciso y estaba siendo superado por su adversario en toda la cancha, para colmo Bobby Fisher, el extranjero estrella había sido expulsado por un codazo que dio después de un rebote que los árbitros consideraron adrede. El goleo ofensivo había recaído por completo en la incipiente figura nacional, Carlos “la roca” Valeri que había terminado el tercer cuarto con 26 puntos y 8 pérdidas. Ante la salida de Fisher, el hombre a marcar fue Valeri, que combinando el ímpetu de su juventud y la impotencia provocada por la asfixiante presión del rival, se cargó de faltas.
Restaba un minuto y al técnico se le estaban quemando los papeles. Con sus brazos en jarra, miró hacia el banco como quien asiste a un velorio y la única cabeza que encontró erguida y con un par de ojos que lo miraban con hambre de gloria eran los de Repetto. Siguiendo su instinto –y desmoralizado porque perdían por 8 puntos- lo llamó. Un murmullo recorrió como una ola el estadio.
La primera pelota que llegó a sus manos la tiró. El partido ahora estaba a cinco puntos. En la siguiente jugada, Valeri interceptó un pase en la mitad de cancha y se la pasó a Repetto que aún no había regresado a defender. Faltaban 30 segundos y estaban a 2. El estadio deliraba y Mariano aún no había transpirado. El equipo rival sucumbía ante la sorpresa del jugador que tenía más aspecto de administrativo que de basquetbolista.
Otra pelota recuperada. El técnico le dijo a Repetto que volvía al banco, pero Valeri intercedió y dijo que si no lo dejaba en cancha, él no saldría a jugar. Se impuso. En la pizarra se dibujó una jugada para que Valeri penetrara buscando la falta.
-¿Vas a estar listo? Le preguntó Valeri al oído.
-Si el momento llega, estaré listo, Roca –replicó Repetto mientras se secaba las manos en su pantalón.
La jugada salió como la habían planeado, Valeri sabía que lo doble o triple marcarían, así que cuando le pasaron la pelota, la cacheteó y se la hizo llegar a Repetto, que la tomó, amagó a tirar, hizo pasar de largo a su marcador, acomodó sus piernas, secó su mano izquierda en el pantalón, cuadró sus hombros y… sonó la chicharra del final. Repetto aún tenía la pelota en sus manos. El partido se había desvanecido como en un sueño, sus piernas flaquearon y las rodillas tocaron el piso. La pelota rodó hasta Valeri.
Lisandro Capdevila |