Cuentos
 
 
Pippen
 

El 147 echaba bastante humo, de esa camada de autos se habían fundido el 80% según un informe que habíamos visto en el diario por la mañana. Mi padre, lejos de ofuscarse, se alegró porque esa noticia le daba la derecha a su queja de que siempre lo había intuido. Quería demandar a la Fiat, pero finalmente eso quedaría en nada.

Esa tarde, la primera categoría de la Asociación Deportiva Cantalicio jugaba la final del cuadrangular provincial de básquet contra Pacífico Unido, el candidato de todos. Mi vieja no pasaba el auto de 100 y la final estaba en pleno desarrollo, el partido estaba caliente y mis amigos del equipo estaban en la tribuna: Paleta, Malú, Boli y Pippen. Ciertamente éste no era su nombre de pila, pero sabemos que los adolescentes son crueles y a diferencia de lo que está vulgarmente extendido, tienen poca imaginación. Le decían Pippen por el gran jugador de los Bulls Scottie Pippen. Para desgracia de nuestro equipo, el parecido aparentemente era anatómico  y no en el juego. Para mí, también teníamos un rubión que era igual –físicamente- a Detlef Schrempf, aquel jugador que brillara en Seattle y los Pacers por la misma época, pero dada la complejidad para pronunciar su apellido nunca osé insinuarlo como apodo. En cambio Pippen era tan común como Malú, Boli o Paleta. Sus dos vocales le daban una fuerza y una transmisibilidad propias del castellano. A Pippen no le gustaba ser llamado de esa manera y cultivaba un profundo odio para con sus compañeros, odio que descargaba en rebotes defensivos y en actitudes todas precisadas en la sección “jugadas anti reglamentarias” del reglamento del básquet.

El partido transcurría y yo no llegaba. Tal era la dimensión del mismo que la FM local lo transmitía en vivo. La radio del auto no estaba fundida así que podía seguirlo mientras intentaba llegar.  Faltando unos 8 minutos para la finalización, se interrumpe el juego por una falta y la pelota cae en la tribuna. La locutora aprovecha para meter una breve publicidad pero no logra terminarla cuando se escucha un fuerte “uhhhh” proveniente de la tribuna que la tapa. El relator comenta que un chico había devuelto la pelota, pero se la había tirado a la cara al  jugador estrella de Pacífico con gran dirección y soberbia potencia. El golpe había sido certero, el jugador estaba en el piso y los únicos dos policías que estaban en el estadio corrían a detener al agresor. El relato se hizo confuso hasta que el tronar de la tribuna se hizo una sola voz que coreaba el nombre de Pippen.

“El agresor levanta su mano saludando a la tribuna mientras es llevado detenido por la fuerza pública” se oyó decir al relator. Apagamos la radio. El partido había pasado a segundo plano. Ese día será recordado como el día en que Pippen volteó de un pelotazo a un jugador rival de la primera y fue llevado por la fuerza pública hasta afuera del estadio.

Y eso es más de lo que la mayoría se puede jactar de haber hecho.

 

Lisandro Capdevila

 
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