El calor era insoportable. El 1114 reformado si bien era mucho mejor que la combi con la que solían viajar, dejaba mucho que desear. El ascenso conseguido el año pasado a la liga B argentina presentaba a veces su cara feroz: nadie podía sostener que viajar cuarenta horas a Formosa era un avance. Para matar el aburrimiento los jugadores podían ingeniárselas jugando a las cartas, haciéndose bromas, tirándose con cosas pero no eran más que algunas horas, luego el tedio, pero sobre todo el calor arriba de ese Mercedes que vio campeón a Argentina en el mundial ´78 era agobiante. Para tratar de calmarlo además de abrir las ventanas, llevaban unos baldes con agua y toallas, para mojarlas y ponérselas sobre los hombros. El extranjero del equipo, Alex Chilton, necesitaba dos, no porque fuese demasiado grande, sino porque era un obsesivo compulsivo consumado. Cada vez que viajaban se sentaba en el mismo lugar, llevaba sus mismas toallas, la misma ropa, hasta solía decir las mismas cosas a la hora señalada.
Al principio fue el destinatario de la mayoría de la burlas, sólo peleaba ese puesto el “Orejudo” Ibañez. Pero esta obsesión además de tener su parte de religión privada, tenía la pública, o al menos, la social. Y si, sucedía en una cancha de básquet. Alex había estudiado miles de videos de partidos mediocres de distintas ligas del mundo y cuando estaba en el banco, anotaba lo que veía desde él. Todos decían que sería un gran técnico, pero ahora era reconocido por su asombrosa capacidad rebotera. Tenía el promedio más alto de todas las ligas argentinas: 27.4 rebotes por partido. Una suma astronómica donde no había nada de azar. Alex sabía hacia dónde saldrían disparadas todas las pelotas que no iban adentro, sabía todos los piques posibles y hacía el cerco rebotero como jamás se haya visto en una cancha del país. Eso si, el resto de su juego era cuanto menos, muy deficiente. No tenía la menor idea del juego, su capacidad de tiro era equivalente a la de un niño de 6 años. Si, tiraba desde abajo, como esos gordos fortachones que llevan unas piedras gigantes en la competencia de ESPN por ser el sujeto más fuerte del mundo. Su conocimiento del castellano se reducía a gritar “mía” en los rebotes.
El partido era a las 9 de la noche, eran las 7 y todavía estaban a 50 kilometros de Formosa. El 1114 venía esforzándose mucho para llegar a esa ciudad fantasma. En una subida empinada, se escuchó toser repetidamente al motor del Mercedes para dar paso inmediatamente a un largo silencio. Se había apagado. El técnico se agarró la cabeza, el coordinador pensó en los compromisos contractuales (la fábrica de pastas que era el sponsor principal). Todos se quedaron callados con sus toallas en sus hombros sin reaccionar. Tras unos segundos de vacilación, Alex se bajó del micro y comenzó a empujarlo. Su esfuerzo era emocionante. Por el espejo retrovisor se comunicó con la mirada con el chofer como diciéndole: “largalo en segunda”.
Así fue, el motor carraspeó y volvió a encenderse. Tomó velocidad. Por el retrovisor se lo veía a Alex saltar y agitar sus brazos, reboteando en el vacío de la ruta.
Lisandro Capdevila
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