“Tenés que copiar el tiro del gringo Maretto” solía decirle su madre a Gustavo. La misma que decía que el chino Zulberti era muy apuesto y que Reggie Miller tenía aspecto de tener sida.
“Mirá más a Edgar León y menos a Coissón, es mucho más dócil” era otra de sus frases de cabecera. La madre de Gustavo atendía el buffet del Club Independiente de Neuquén y cada vez que tenía un rato libre se asomaba a la Caldera para ver cómo entrenaban los jugadores. Ella había jugado hasta la categoría de juveniles, hasta que quedó embarazada de Gustavo y pasó al buffet. El cambio de puesto no fue sencillo, como cuando se le pide a un tirador reacio a marcar que se sacrifique un poco más y esté atento a los rebotes largos.
Gracias a su ímpetu –ella así lo definía-, Gustavo se destacaba entre los mini del club. Su gran porte (1.65) y particular salto lo habían hecho no sólo el jugador más anotador sino el más popular entre las chicas de hockey. “Eso es culpa de Lucius Davis” pensaba Marta cuando veía que Gustavo se escapaba con alguna chica para besarse entre las parrillas del club. Ese americano, como Gustavo, pero a otra escala, era popular por su agilidad fuera y dentro de la cancha. Dicen que Marta había tenido un acercamiento de algún tipo con el yanqui. También la habían vinculado con el ruso domador de leones del circo de Moscú cuando éste dio algunas funciones en la Caldera.
Aquella noche Independiente recibía a GEPU en una de las primeras fechas del torneo. A Gustavo ya le habían asignado la honorable tarea de secar el parquet cada vez que fuese necesario. Esa tarea lo entretuvo los primeros dos partidos, ahora pensaba que estaba para más, que su esfuerzo tenía que ser recompensado de alguna manera, con algún souvenir de los jugadores, con una pelota, con un insulto inteligente a un árbitro, algo.
Aquella noche Espil estaba muy certero, ya había encestado cinco triples y apenas habían pasado siete minutos del primer tiempo. Gustavo se aburría, ni siquiera los jugadores se caían al piso como para que él finalmente entrara al parquet de la Caldera imaginándose ser un protagonista. Como contrapartida de Espil, el gringo Maretto estaba teniendo una noche terrible, el público se mostraba hostil como nunca, lo que afectaba aún más la moral y el tiro del rubio y veterano jugador.
En el tiempo muerto pedido por el técnico local, Gustavo supo que tenía que entrar a la cancha. Con un pique corto salió disparado hacia el árbitro y desde atrás con las puntas de los dedos le quitó la pelota y desde la mitad de la cancha soltó el gancho-latigazo: la pelota pegó en el tablero y entró con tremenda fuerza, provocando la sorpresa y el silencio de los presentes para dar paso luego al unánime grito de la popular que enardecida bramó: “Ruso ruso olé olé olé olé ruso ruso…”
Lisandro Capdevila
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