Ellos no lo sabían, pero a sus espaldas los demás se referían a ellos como “Los Poderosos”. Se habían ganado el apodo no tanto por sus cualidades como jugadores sino por su enorme abanico de artimañas, triquiñuelas, y vicios aceitados para torcer el reglamento, cobrar faltas a su favor y cualquier otra situación de juego que pudiera ser dudosa y sacar provecho de ella. Al momento de marcar, recurrían tanto a golpes groseros como al imperceptible empujón en el codo cuando uno está armando el tiro.
Cabe mencionar que “Los Poderosos” tienen entre 50 y 60 años, y al menos 35 cada uno jugando al básquet.
El resto de los que van a jugar está repartido: algunos sub 30, otros mayores que “Los Poderosos” y algunos de edad y costumbres inciertas. Tres veces por semana jueces, médicos, abogados, contadores, periodistas y un par de inclasificables se juntan a jugar en una cancha derrumbada y de dimensiones más pequeñas que las reglamentarias.
Aquella noche Raúl, el único tratado como un par por Los Poderosos había llegado de inusual malhumor, en general la gente llegaba cansada después del día pero el partido era el momento de tensión que los relajaba y los hacía pelear a la vez entre ellos. Varias veces estuvieron a punto de irse a los golpes, sólo una vez se concretó, entre uno del clan y un nuevito que fue forzado a no volver nunca más.
También iba Darío, un paciente psiquiátrico que era llevado por su acompañante terapéutico a hacer un poco de ejercicio (porque en realidad era el horario de gimnasia deportiva del club) y por fuerza tenía que pasar tiempo con Los Poderosos y el resto. Roberto, uno de los dos, solía llamarlo “corazón de ballena”, el bobo más grande del mundo. Eso era lo de menos. Darío para darle letra -sin proponérselo- solía tirar sin motivo alguno desde la mitad de la cancha con una sola mano, y su efectividad era más alta desde allí que desde abajo del aro sin oposición (la mano con la que no tiraba la ponía en su cintura).
Ya era la tercera vez que Darío tiraba desde atrás de la mitad de la cancha con su equipo perdiendo, obviamente que jugaba en contra de Los Poderosos, ellos no toleraban las diferencias. Los partidos solían ser a diez puntos, el triple contaba como dos. Los tiros de Darío no respondían a lógica alguna, al contrario de los movimientos de Pipo y Roberto.
Las frases que usaba Roberto para tratar de desmoralizar, poner nerviosos o solamente molestar a cualquiera eran incesantes, había una en particular que a Darío lo ponía muy mal y tenía efecto inmediato: “tire cobarde”. Un psiquiátrico no sabe de cobardía, Darío no se dejaba amedrentar por el médico y tiraba al aro cada vez que escuchaba la frase sin importar el lugar de la cancha donde se encontrara. Raúl por su parte, más pedagógico, trataba de neutralizar ese efecto no pasándosela.
Agustín sacó de debajo de su aro, Pipo salió al atrape de Raúl, Agustín seguía fuera de la cancha así que éste no tuvo más remedio que dársela a Darío. “Tire cobarde” se escuchó fuerte y desafiante. La frase hizo el click inmediato en Darío, que sin perder su estilo de tiro habitual, lanzó con soberbia potencia la pelota, haciéndola recorrer todo lo largo la cancha para estrellarse en el cuadrado negro del tablero contrario y entrar.
Los Poderosos volvieron caminando a reponer, haciendo como si nada hubiera pasado, Darío se quedó parado en el mismo lugar subiéndose un poco los pantalones mientras detrás suyo Raúl sonreía y Agustín se secaba las manos en el parquet.
Lisandro Capdevila
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