Días después de haberse enterado que la radio donde trabajaba había sido comprada por el multimedio Vivisección, Juan Rulfo supo que sus días como relator de básquet estaban contados.
Una semana después de la presentación en sociedad de la empresa de capitales anglosajones, una carta llegó a su casa donde le comunicaban la decisión de echarlo de la radio por “cuestiones presupuestarias”, indicándole además en cuántas cuotas le abonarían su indemnización y que pasara a retirar sus pertenencias dentro de los próximos 2 días hábiles.
Rulfo se había ganado su buena reputación a lo largo de los 30 años que había relatado básquet para Radio Frecuencia. Algunas de sus frases pasaron la barrera del básquet y podían ser escuchadas en los pasillos de las secundarias, en el supermercado y hasta en las peluquerías.
Radio Frecuencia ya había resistido un intento anterior de compra pero luego de la muerte del fundador, su hijo había decidido darle otra dirección a la radio, más “profesional” según dijo una vez en esa misma emisora.
Como es sabido; Bahía Blanca y sus alrededores son todas ciudades –y pueblos- donde el básquet está instalado en la vida cotidiana y los jugadores pueden llegar a tener más prestigio que los médicos. Después del futbolista –ex basquetbolista- Alejandro Delorte, Juan Rulfo, relator de básquet de Radio Frecuencia de Cabildo, era uno de los personajes más distinguidos de la ciudad.
Radio Frecuencia pasó a llamarse Radio Viví Bahía y su programación se redujo a retransmitir los programas emitidos desde la sede central en Bahía Blanca. Las quejas de los habitantes de Cabildo no se hicieron esperar y a los pocos días unas doscientas personas –el 10% de la ciudad- se congregaron para pedir que todo volviera a ser como antes, se pudieron leer carteles que decían: “no me importa el precio de la soja”, ”queremos el básquet” y “que vuelva el chaqueño a mi radio”. Por supuesto que Rulfo estaba metido en el reclamo, porque no sólo perdía los medios para relatar a Comercial de Ingeniero White sino sus otros 2 programas de interés general, y en tercer lugar, su fuente de trabajo.
Aunque ese 10% ganó las calles, la radio no pudo volver a su antigua transmisión. Rulfo no se dio por vencido. Como hombre de radio -y de cierta edad- recordó los radioteatros que tanto escuchó de chico y soñó representar sin suerte. Llamó a su sobrino y le pidió que consiguiera el equipo de audio más potente que pudiera. Rulfo revolvió su armario y encontró un viejo micrófono.
Su esposa llamó a las 4 mujeres más chismosas del pueblo para que pasaran el siguiente dato a todos los que pudieran: el domingo a las 7 de la tarde deberían concurrir con una silla a la plaza central –la San Martín- porque Rulfo llevaría grandes noticias.
El domingo a esa hora, unas quinientas personas esperaban sentadas impacientes en la explanada de la plaza, algunos niños no podían ser retenidos y corrían inquietando a sus padres. Frente al monumento había una mesa con un gran equipo de audio. Apareció Rulfo y los murmullos cesaron. La ansiedad tenía la forma de la bruma.
Rulfo prendió el equipo de audio, le dio unos golpecitos con sus dedos al micrófono y comprobó que andaba. Giró sobre sí y dándole la espalda al público, tomó una gran bocanada de aire y comenzó a relatar.
Lisandro Capdevila |