Cuentos
 
 
La Jugada
 

La jugada estaba preparada, la habían practicado durante la semana y repasado tantas  otras veces en sus cabezas. Una jugada para tratar de controlar el azar y hacer pasar lo esquematizado por espontaneidad.

El estadio estaba por la mitad, el reloj indicaba que quedaban veintisiete segundos para que terminara el partido. El equipo de Leopoldo perdía por un punto. Leopoldo era el base y estrella del modesto equipo de la Liga provincial de Cañuelas. En su mente estaba esa jugada que tanto habían practicado. Veinticuatro segundos en el reloj y tres menos de posesión de pelota. Con su mano derecha se tocó la cabeza mostrando la jugada, eso indicaba que estaba llamando al pivot para el clásico y eficaz pick and roll. Nada del otro mundo. El pivot de su equipo era el ex novio de su actual pareja. Durante un tiempo la convivencia fue complicada pero gracias a ese efecto de nosequé que producen los deportes colectivos pudieron dejar de lado sus diferencias y tirar todos para el mismo lado, lo cual no excluía que a veces cuando Leopoldo era cortinado por este fantasma, le tirara encima a su marcador para que chocaran y se golpearan. Una venganza infantil e impredecible que le producía gran placer.

El ex hizo su trabajo, se acercó a la punta izquierda de la bocha y extendió sus enormes brazos y manos hacia Leopoldo, como quien pide un abrazo. Quedaban quince segundos y doce de posesión, Leopoldo pasó el balón, el gigante lo recibió y atenazó entre sus garras la Spalding marrón. Leopoldo pasó por el costado dejando su marcador contra el cuerpo del ex. Usando su gran potencia de piernas y sus zancadas que anticiparon las de Ginobili, Leopoldo no hizo caso a la jugada -que indicaba la penetración y el pase del gigante- y se paró en la esquina para tirar de tres puntos. El efecto fue instantáneo, el equipo que defendía, ante la jugada inesperada salió con tres hombres a tratar de cortar la línea de pase y lo lograron.

Era el momento clave de decisión y resolución sin garantías, eso que algunos dicen que no se entrena y se trae desde algún lado. Viendo que el pase no era la mejor opción y que el tiempo se esfumaba, el ex miró al aro y notó que estaba solo, en la esquina opuesta, el tres contrario corría en cámara lenta para cortarlo con foul. Apretó aún más la Spalding entre sus dedos, picó la pelota con ambas manos e hizo los dos pasos hasta el aro, depositándola suavemente, poniendo a su equipo adelante en el marcador por un punto.

Ganaron el partido, los jugadores rivales estaban demasiado desorientados como para reaccionar, ni siquiera intentaron un tiro desesperado desde debajo de su aro. El público entró a la cancha para abrazar al ex, la estrella inesperada, que confundido entre la multitud alzaba sus brazos al techo-cielo como quien se esfuerza por agarrar una caja que está en un estante muy alto.


Lisandro Capdevila

 
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