Cuentos
 
 
Volvió una noche
 

La primera vez que vi lo vi en una cancha tenía unos quince años, él vaya a saber cuántos, estaba gordo, lento, tenía el pelo un poco largo para lo que solía usarlo así que también tenía una vincha. Se decía que estaba en el final de su carrera y todo parecía indicar que así era. Atrás habían quedado los días de gloria de la Selección, el draft NBA y sus adorables y polémicas declaraciones. Ahora estaba más cerca de ese equipo rionegrino de la segunda división, del impulso de comprarse un colectivo escolar y de embocar su primer libre en su décimo quinto intento.

La gente local, ignorante y no pudiendo discernir que se trataba de quizás el mayor talento –sin su desarrollo proporcional- de la historia del básquet nacional, lo silbaba, le gritaba gordo, fracasado y etcéteras poco imaginativos para alguien que se enorgullezca de ir a una popular. El que va a la popular suele entender el juego, el que va a la platea suele estar más interesado en hacer un show  contra los contrarios y contra el oído del árbitro.

Cuando consiguió meter su primer tiro libre la gente aplaudió y él devolvió el gesto. Se secó la transpiración de sus manos en el piso. Un tal Thorton tiró de su equipo todo el partido, él hizo seis puntos en los últimos dos minutos y ganaron por cuatro. Se fue saludando a la gente bañado en silbidos. Yo sabía que eso estaba mal, no me importaba la derrota de mi equipo, había ido a verlo a él. Mi cuota de básquet se había llenado en ese rato.

Era sábado y había ido a la cancha con algunos amigos más grandes que yo, ellos cada vez que terminaba un partido iban ir a la ribera del río a tomar algo a alguno de los bares que allí había. A desgano los acompañé. La zona estaba atestada de autos, era muy difícil estacionar, nos llamó la atención un pequeño tumulto de gente en un bar, vimos flashes y un hombre muy alto firmando autógrafos. No alcancé a ver quién era y por algún extraño motivo decidimos no bajarnos.

Hace unos días mientras miraba de reojo la televisión -ella  manejaba el control remoto y el  zapping-, vi que en un Obras-Lanús  un jugador del primero mandó a la escuela con sus fundamentos al bueno de Taylor.  El movimiento me fue familiar e inmediatamente lo asocié a él, pero no podía ser, primero porque lleva años retirado y porque el que vi era un jugador flaco y sin vincha. No pude escuchar su nombre ni lograr que soltaran el control remoto para volver al partido. 

Por un segundo temblé emocionado, esos movimientos yo los conocía de memoria, cuando vi el siguiente partido de Obras corroboré que había sido una ilusión porque no estaba en el plantel, así que dejé de lado el televisor, cerré los ojos y lo recordé tan grande como me parecía a mis quince años.


Lisandro Capdevila



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